Por Concha Bravo
Todas las noches antes de dormir rezo un Padrenuestro y un Ave María. En una esquina del escritorio, dentro de una copa de cristal, reposa la cabeza de un Cristo con la corona de espinas. Delante de la copa arde una vela blanca. Entre mis devociones cuento con los santos místicos Francisco de Asís y Teresa de Ávila. Y puesto que hace tiempo que me aflige la pobreza, me gustaría tener una talla de San Pancracio a la que ponerle peregil, pero a nadie se le ha ocurrido aún regalarme una. En su lugar, colgué en la pared una cruz de San Damián, de inspiración románica e iconografía oriental. En mi santuario también hay vírgenes.
La Inmaculada, Ntra. Sra. del Carmen, y una reciente incorporación, la Virgen de la Paz de Medugorje. Supongo que no difiere mucho de cualquier santuario casero. Rezo todas las noches y enciendo velas, pero no recuerdo cuando fue la última vez que me confesé y sólo acudo a la Iglesia en bodas, bautizos, comuniones y fallecimientos. Sé que este tipo de devoción nada tiene que ver con la fe y sí con la superstición, esa marcada propensión a creer en el carácter sobrenatural de los acontecimientos.
Creo en el horóscopo, evito pasar debajo de una escalera, y nunca me enfrento a una prueba importante sin llevar escondido un amuleto de la suerte. En mi caso concreto, y adolezco en esto, como en casi todo, de una normalidad aplastante, lo que me impulsa es el miedo. A lo desconocido, al dolor, a la pérdida de un ser querido, a la muerte… De entre todos los miedos, ninguno tan espantoso como el miedo a la muerte.
Cuando me duermo por la noche, nunca estoy segura de que vaya a despertar por la mañana; cuando despierto por la mañana, nunca estoy segura de que vaya a vivir hasta la noche. Y así, en una amalgama indescriptible de creencias, conviven todo el santoral cristiano junto con variopintos sistemas adivinatorios. Cualquier cosa vale siempre que mitigue el dolor y la angustia de vivir. Y no es cosa de ignorantes. Porque quién no se ha sorprendido a sí mismo, en algún momento, pensando de manera extraña. Quién no ha sentido en un momento de sombría desesperación que todo se volvía una amenaza y, espoleado por el miedo, no ha dejado volar la fantasía permitiendo que la superstición se apoderase de su ánimo. Y qué mayor desesperación que la que produce el miedo a la muerte. Porque cuando abro bien los ojos, allá donde mire, en todas sus formas, la vida me parece un milagro y la muerte un enigma indescifrable.
No queda tan lejos la época en la que las madres colgaban amuletos en la ropa de sus hijos recién nacidos para protegerlos de la enfermedad que entonces se los llevaba con demasiada frecuencia. Qué daño va a hacernos una oración, o la caricia de unas manos que transmiten energía positiva, acaso no era esto lo que hacía la bella Nefertari, y acaso no fueron los propios dioses los que castigaron a Ulises… Cuántas decisiones importantes no se han tomado a lo largo de la historia bajo el efecto de funestos vaticinios. A mí me gustaría desprenderme del miedo a la muerte, pero también de este anhelo de una vida infinita que me hace creer en Dios y en el tarot, al tiempo que invoco a los espíritus, convencida de que si ellos, los espíritus de los muertos, siguen vivos, también nosotros viviremos. No pasa un sólo día sin que piense en la muerte, pero mientras llega -es la única que no faltará a la cita-, en medio de mis miedos y supersticiones, mantengo la ilusión de que la vida sigue siendo una aventura llena de experiencias maravillosas.